Por qué Charles Bronson hoy sería cancelado en cinco minutos
Si hoy le presentas el guion de El vengador anónimo (Death Wish, 1974) a un comité de ejecutivos en Hollywood, a más de uno le da un infarto moral antes de llegar a la página diez.
En una industria donde los protagonistas tienen que disculparse por existir, acudir a terapia obligatoria en el segundo acto y asegurarse de no lastimar las susceptibilidades de nadie, la figura de Charles Bronson se siente como un fósil radioactivo de una era donde el cine no le rendía cuentas a la corrección política.
La catarsis de un metro en ruinas
En 1974, la ciudad de Nueva York no era el set turístico de postal que nos venden hoy. Era un basurero peligroso y en bancarrota: el metro estaba tapizado de grafitis, la policía estaba completamente rebasada y las calles pertenecían al hampa. La gente común vivía con miedo real a salir de noche.
En medio de ese desmadre apareció Paul Kersey: un tipo cualquiera, arquitecto de profesión, sin entrenamiento militar de élite ni trajes de superhéroe. Tras el asesinato de su esposa y la agresión contra su hija, Kersey no se sentó a reflexionar sobre el origen socioeconómico de la criminalidad. Se compró un revólver, se abotonó la gabardina y empezó a caminar por los callejones más pesados usando su propia cartera como carnada.
Cuando la película llegó a las salas, se desató un fenómeno irrepetible. El público no se ponía a debatir dilemas éticos; la gente se paraba de sus butacas a aplaudir y gritar de gusto cada vez que Bronson le vaciaba el cargador a un asaltante. Era la válvula de escape definitiva del ciudadano común que estaba hasta el cuello de poner la otra mejilla.
La regla de oro: Cero culpa
Lo que volvería impensable a Death Wish hoy no es la sangre, sino la total ausencia de remordimiento.
En el cine actual, si un personaje toma justicia por mano propia, el libreto lo castiga forzosamente: tiene que llorar, dudar de su alma o escuchar a un policía bienintencionado dándole un sermón sobre las instituciones. Kersey no tenía crisis existenciales. Disparaba a quemarropa en la oscuridad, se guardaba el fierro bajo el saco, regresaba a su departamento a prepararse la cena y a la mañana siguiente llegaba puntual a su oficina a diseñar edificios.
Esa frialdad conectaba porque no era pose; era la respuesta seca y sin rodeos ante un sistema roto.
El desmadre absoluto de la Cannon
Para cuando la franquicia cayó en manos de Menahem Golan y Yoram Globus en los 80, cualquier rastro de realismo voló por los aires. En Death Wish 3, Bronson ya no se escondía en callejones: caminaba en pleno día por el Bronx armado con una pistola Wildey .475 que parecía cañón de artillería, montaba trampas con tablas de clavos y despachaba pandilleros con un lanzacohetes mientras los jubilados del vecindario le echaban porras desde las ventanas.
Era una locura salvaje, desvergonzada y divertidísima.
Charles Bronson no intentó caerle bien a la crítica, no pidió permiso y jamás pidió perdón por jalar el gatillo. Hoy las corporaciones se gastan fortunas en sermones que a nadie le interesan, mientras que aquel tipo de pocas palabras y mostacho impenetrable solo necesitaba un callejón oscuro para recordarnos para qué íbamos al cine: a ver ganar al tipo común sin discursos de por medio.